¿Es la generación Z menos inteligente? Qué hay detrás de su declive en algunas pruebas cognitivas

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Introducción breve

El reportaje examina una pregunta formulada de manera provocadora: si la generación Z es “menos inteligente” que las anteriores. Su tesis central, sin embargo, desactiva ese eslogan: los datos muestran descensos en algunas pruebas cognitivas, especialmente en lectura y matemáticas, pero no permiten concluir una caída global de la inteligencia. El artículo desplaza el foco desde una explicación única —las pantallas— hacia un entramado más complejo de factores: cambios educativos, transformación de los formatos de atención, desigualdades socioculturales, usos distintos de la tecnología y nuevas formas de externalización del esfuerzo cognitivo.

Identificación del contexto del texto

El tema central es la relación entre juventud, capacidades cognitivas, tecnologías digitales y sistema educativo. Los actores principales son neurocientíficos y psicólogos citados por el reportaje, así como instituciones y marcos de referencia como PISA y las investigaciones sobre atención, memoria, lectura profunda y razonamiento.

El texto no sostiene una condena generacional, sino una problematización del modo en que se evalúa la inteligencia en un entorno histórico distinto. En lugar de afirmar que la generación Z “vale menos”, plantea que ciertas habilidades medidas tradicionalmente parecen deteriorarse mientras cambian los entornos de aprendizaje, los hábitos de concentración y las exigencias cognitivas de la vida cotidiana.

Creatividad y transformación: Bergson y Whitehead

Desde Bergson, el texto puede leerse como una tensión entre la inteligencia medida y la experiencia vivida. La noción de duración permite cuestionar una visión fragmentaria de la cognición: no todo pensar puede reducirse a resultados cuantificables en pruebas estandarizadas. Si la experiencia mental de la generación Z transcurre en flujos discontinuos, estímulos múltiples y alta velocidad informativa, entonces la conciencia se reorganiza en otra temporalidad.

Whitehead ayuda a profundizar esta idea. La realidad cognitiva no sería una sustancia fija, sino un proceso. El reportaje sugiere precisamente que las capacidades humanas no desaparecen sin más, sino que se reconfiguran. El problema filosófico no es solo si hay pérdida, sino qué tipo de armonía o desajuste se produce entre nuevas formas de atención y viejos instrumentos de medición. El texto invita a pensar si el sistema educativo y los test siguen evaluando adecuadamente una inteligencia que muta con el medio técnico y cultural.

Disrupción, poder y construcción del problema: Deleuze y Foucault

Con Deleuze, la generación Z aparece como un sujeto en devenir, no como una identidad cerrada. El reportaje rompe parcialmente con una narrativa rígida y moralizante sobre el declive juvenil. En vez de fijar una esencia negativa de esta generación, muestra líneas de fuga: nuevas formas de aprender, otras maneras de buscar información y diferentes relaciones con la memoria y la concentración.

Sin embargo, desde Foucault, también debe observarse cómo se construye discursivamente el problema. La pregunta “¿es menos inteligente la generación Z?” ya organiza un régimen de verdad. No es una cuestión neutra: activa dispositivos de clasificación, comparación y vigilancia sobre los cuerpos y las mentes jóvenes. El saber psicológico y neurocientífico, al entrar en el espacio mediático, puede iluminar un fenómeno, pero también reforzar jerarquías entre generaciones y producir una norma implícita sobre lo que debe contar como inteligencia legítima.

El artículo, en este punto, tiene una dimensión ambivalente. Por un lado, cuestiona la simplificación del declive. Por otro, reproduce el marco de evaluación donde la juventud aparece bajo sospecha. Filosóficamente, esto obliga a analizar no solo los datos, sino el poder del lenguaje que define qué capacidades importan y cuáles quedan invisibilizadas.

Ética y responsabilidad: Hans Jonas

Desde Hans Jonas, el texto adquiere una relevancia ética clara. Si las transformaciones cognitivas están vinculadas a tecnologías digitales, modelos educativos y ecosistemas mediáticos, entonces no basta con diagnosticar el cambio: hay que asumir responsabilidad por sus efectos a largo plazo.

El principio de responsabilidad exige preguntar qué tipo de generaciones estamos formando. Si los entornos tecnológicos favorecen atención dispersa, dependencia de apoyos externos y debilitamiento de ciertas prácticas de lectura sostenida, la cuestión no es culpar a los jóvenes, sino evaluar las decisiones estructurales de adultos, instituciones y empresas que configuran ese entorno.

El artículo abre así una exigencia moral de previsión. No solo importa el rendimiento presente, sino la habitabilidad cognitiva del futuro: qué sujetos podrán deliberar, comprender textos complejos, sostener juicio crítico y participar en una esfera pública democrática.

Sistemas complejos: Luhmann y Morin

Desde Luhmann, el problema no puede aislarse en el individuo. La cognición juvenil está inserta en sistemas diferenciados: educación, medios, ciencia, tecnología, familia y mercado. El reportaje refleja esa complejidad al rechazar una causalidad simple. No hay una única razón del descenso en determinadas pruebas, sino una interacción sistémica de variables.

Morin permite llevar esta intuición más lejos. El artículo es valioso porque apunta a una lectura no reduccionista: la inteligencia no depende solo del cerebro individual, sino de condiciones culturales, materiales y tecnológicas. Sin embargo, también muestra los límites del tratamiento periodístico cuando el fenómeno, por su propia naturaleza, exige una mirada verdaderamente compleja. El riesgo sería fragmentar: pruebas por un lado, pantallas por otro, escuela por otro, sin integrar del todo cómo estas dimensiones se co-producen.

El enfoque filosófico complejo sugiere que el “declive” en algunas pruebas puede ser al mismo tiempo una señal de deterioro en ciertas competencias y una señal de reorganización adaptativa hacia otras destrezas. Ambas cosas podrían coexistir. Esa coexistencia impide tanto la alarma simplista como el optimismo ingenuo.

Tecnología, transparencia y autoexplotación: Byung-Chul Han

Byung-Chul Han ofrece una clave especialmente pertinente. La cultura digital tiende a saturar la atención, acelerar el consumo de información y erosionar la negatividad necesaria para el pensamiento profundo. El reportaje se alinea con esta preocupación al señalar que ciertas prácticas asociadas al entorno digital pueden debilitar la concentración sostenida, la comprensión lectora y la elaboración reflexiva.

Desde Han, la cuestión no es solo cognitiva, sino civilizatoria. Una mente acostumbrada a estímulos breves, recompensa inmediata y multitarea constante puede volverse menos apta para la contemplación, la paciencia intelectual y el esfuerzo interpretativo. La inteligencia, entonces, no desaparece, pero puede volverse más superficial, más reactiva y más funcional a un ecosistema de rendimiento continuo.

También aparece aquí el problema de la autoexplotación: jóvenes obligados a gestionar simultáneamente estudio, exposición digital, productividad y presencia constante. El deterioro de ciertas capacidades no sería únicamente un fallo individual, sino el síntoma de una cultura que convierte la atención en recurso explotable.

Oportunidades y riesgos

Entre los elementos constructivos, el texto aporta prudencia conceptual. Rechaza una condena simplista de la generación Z y sugiere que la inteligencia no debe entenderse como una esencia fija. Además, abre espacio para una discusión más seria sobre el impacto de la tecnología, la educación y el contexto social en el desarrollo cognitivo.

Otro aporte relevante es que desplaza la responsabilidad desde el individuo aislado hacia el entorno. Esto permite un análisis más justo y estructural, evitando estigmatizar a una generación por dinámicas que la exceden.

Entre los riesgos, destaca la fuerza del encuadre inicial. Formular la cuestión en términos de “menos inteligencia” puede reforzar prejuicios generacionales, incluso si luego el texto los matiza. Existe además el peligro de sobredimensionar el valor de ciertas pruebas como reflejo total de la vida mental humana.

En el plano social, el reportaje apunta a una implicación importante: si disminuyen competencias como lectura profunda, razonamiento abstracto o atención sostenida, no solo cambia el rendimiento escolar; también puede verse afectada la calidad de la ciudadanía, la deliberación pública y la capacidad de resistir discursos simplificados.

Conclusión

El texto no demuestra que la generación Z sea globalmente menos inteligente, sino que ciertas formas de rendimiento cognitivo parecen deteriorarse en un contexto histórico atravesado por mutaciones tecnológicas, educativas y culturales. Su mayor valor filosófico está en mostrar que la inteligencia no puede analizarse fuera de los sistemas que la producen, la estimulan o la empobrecen.

Desde Bergson y Whitehead, el fenómeno remite a una transformación del modo de experimentar y procesar el mundo. Desde Deleuze y Foucault, obliga a examinar cómo se produce discursivamente la categoría de “declive” y qué relaciones de poder la sostienen. Desde Jonas, exige una ética del futuro que no responsabilice solo a los jóvenes, sino a quienes diseñan los entornos de formación. Desde Luhmann y Morin, muestra que el problema es sistémico y no lineal. Desde Byung-Chul Han, revela una erosión posible de la atención profunda en la cultura digital contemporánea.

La principal oportunidad del texto es abrir una discusión compleja y no moralista. Su principal riesgo es que, incluso al matizar, siga circulando dentro de un marco que sospecha de la juventud más de lo que interroga las condiciones estructurales que la moldean.