“Muertes por desesperación”: la mortalidad global se desploma, pero repunta entre los jóvenes de Norteamérica por las drogas y los suicidios

Fuente y enlace 


Identificación del contexto

El artículo de EL PAÍS recoge los hallazgos de un informe de The Lancet / Carga Global de Enfermedades que dibuja un panorama inesperado: aunque la mortalidad global —y la esperanza de vida en promedio— ha mejorado tras el impacto de la pandemia, hay un contrapunto inquietante: entre los jóvenes de Norteamérica (especialmente EE. UU., Canadá, México) se observa un repunte de muertes en los grupos de 15 a 30 años, atribuidas a suicidios, sobredosis, uso de drogas, alcoholismo y condiciones surgidas de factores sociales, económicos y psicológicos.

Se habla de “muertes por desesperación” como categoría explicativa para estas causas de mortalidad. 

El artículo también advierte sobre posibles retrocesos en salud pública si se mantienen recortes de ayudas internacionales, especialmente desde la administración estadounidense.

Los actores implicados son múltiples: los sistemas sanitarios, los gobiernos nacionales, las dinámicas globales de desigualdad, los jóvenes como sujetos sociales vulnerables, y los factores tecnológicos — redes sociales, desigualdad de ingreso, crisis climática, etc.


Tema central y tesis

La tesis central es esta paradoja: mientras que la humanidad en su conjunto ha alcanzado logros de salud (menor mortalidad general, aumento de la esperanza de vida), emergen nuevas fuentes de muerte entre segmentos jóvenes de sociedades desarrolladas, en particular Norteamérica. Estas muertes no responden a enfermedades tradicionales, sino a factores sociales, psicológicos y estructurales: desesperación, alienación, crisis económica, salud mental deteriorada.

El tema filosófico subyacente gira en torno a cómo los avances técnicos, médicos y sociales pueden coexistir con nuevas formas de vulnerabilidad: la vida ya no muere tanto por bacterias o epidemias (aunque siguen existiendo), sino por efectos psicosociales de nuestra organización social.


Análisis filosófico por perspectivas

A continuación lo examino con algunos marcos conceptuales recomendados:

Creatividad — Bergson, Whitehead

Bergson insiste en la libertad creativa del devenir vital frente a una mera mecánica. Uno podría pensar que el ser humano joven contemporáneo enfrenta una restricción de espacio creativo: las condiciones económicas, la presión social, la alienación digital podrían coartar la potencia creativa vital. En lugar de innovación de sentido o proyecto vital, aparece la desesperación suicida o la huida en drogas.

Whitehead habla de la “actualidad creativa” donde cada ser puede conciliar pasado y posibilidad futura. Pero si el horizonte futuro se encuentra empobrecido (desigualdad, precariedad, crisis ambiental), ese acto creativo se ve frustrado. Se puede leer el repunte de muertes como signo de que el “futuro posible” ha sido brutalmente empobrecido para ciertos jóvenes.

Disrupción y poder — Deleuze, Foucault

Foucault examina cómo los dispositivos de poder disciplinan y regulan los cuerpos y las conductas. Aquí podríamos decir que los jóvenes están sometidos a “regímenes de exigencia” (rendimiento, éxito, competencia) que funcionan como tecnologías del poder: vigilancia, autorregulación, sobreexigencia, inseguridad económica. Esa presión produce sufrimiento, deterioro mental, crisis de subjetividad.

Deleuze, con su idea de “control” posdisciplinario, sugiere que ya no es solo la escuela, la fábrica o la institución la que impone normas, sino mecanismos difusos: redes digitales, mercado, cultura del emprendimiento, autooptimización. Los jóvenes internalizan esas exigencias y se vuelven “empresarios de sí mismos” (Byung‑Chul Han), explotándose en el régimen del rendimiento hasta la muerte simbólica o real.

Ética y responsabilidad — Hans Jonas

Hans Jonas propuso la ética de la responsabilidad ante lo que hacemos con el futuro, con lo viviente. Aquí cabe pensar en la responsabilidad social, política y sanitaria: no basta con tratar personas individualmente; las causas de estas muertes son estructurales. La responsabilidad recae sobre los estados, las élites económicas, las instituciones globales. Si las condiciones socioeconómicas arrastran a generaciones a situaciones críticas, existe una falla moral colectiva: no hemos construido condiciones para que la vida florezca, sino que permitimos que una parte se extinga prematuramente.

Jonas también insistió en el principio de precaución: ante procesos sociales peligrosos (desigualdad creciente, precariedad laboral, crisis ambiental), debemos anticipar sus efectos extremos. El informe que señala tendencias debe actuar como alarma ética: si no se actúa, la tendencia puede acelerarse.

Sistemas complejos — Luhmann, Morin

Desde una óptica de sistemas complejos, la salud no es solo un sistema médico, sino la intersección de sistemas sociales, económicos, psicológicos, ecológicos. Luhmann insistiría en que la sociedad es un sistema autopoiético con subsistemas (economía, política, salud, medios) que operan con sus propias lógicas y códigos. Cuando uno de esos subsistemas (p. ej. el mercado del trabajo) impone condiciones extremas, puede “contaminar” la funcionalidad de otros: el sistema de salud mental, la cohesión social, la educación.

Morin, con su pensamiento complejo, diría que no podemos fragmentar estas muertes como causas únicas: son efectos no lineales de múltiples variables interconectadas (desigualdad, salud mental, redes sociales, migración, cambio climático, cultura del éxito). Para afrontar el problema hacen falta políticas que consideren la complejidad, no soluciones aisladas (p. ej. solo más psicólogos) sino transformaciones estructurales.

Tecnología, transparencia, autoexplotación — Byung‑Chul Han

Byung‑Chul Han ha escrito mucho sobre la sociedad del rendimiento, la autoexplotación y la fatiga del yo. En su diagnóstico, vivimos en una sociedad donde ya no hay mero poder externo (disciplina clásica), sino que la norma se ha interiorizado: me exijo productividad, competitividad, optimización de mí mismo constantemente. Esa autoexigencia provoca estrés, burnout, depresión. En el artículo se hace alusión directa a cómo las redes sociales, el ciberacoso o la desesperación climática pueden alimentar la crisis psicológica juvenil.

La tecnología, lejos de ser solución pura, opera como acelerador de estas dinámicas: la hiperconectividad, la comparación constante, la cultura visual del éxito, la presión por mostrarse como exitoso pueden engendrar desesperación oculta.

La transparencia – en sentido de exposición forzada del yo – puede jugar un papel perverso: no solo se muestra lo público, sino que se obliga a autoexponerse y evaluarse, multiplicando la inseguridad.


Oportunidades y riesgos

Oportunidades / aportes:

  • Este tipo de reportes visibilizan que el progreso —definido solo por indicadores globales— oculta desigualdades profundas. Es un llamado a desagregar por edad, espacio, condiciones sociales.

  • Permite articular un discurso moral y político: la salud no es solo tecnología médica, es justicia social, estructural.

  • Fomenta que filósofos, científicos sociales y políticas públicas dialoguen construyendo respuestas integradas (no solo “más antidepresivos”, sino políticas de empleo digno, redes comunitarias, regulación de redes digitales).

  • Invita a repensar el concepto de “vida buena” (eudaimonía) en sociedades saturadas de consumo y rendimiento.

Riesgos / sesgos / críticas:

  • Hay el riesgo de sobregeneralizar “muertes por desesperación” como categoría unificadora, ocultando diferencias culturales, raciales, de clase.

  • Se puede caer en determinismo: asumir que los jóvenes están condenados por “la era digital” o “el capitalismo tardío”, negando agencia concreta.

  • Políticas mal diseñadas podrían poner énfasis en el control psicológico o vigilancia (más psiquiatrización), en lugar de abordar causas estructurales.

  • El discurso de “crisis de los jóvenes” puede servir de instrumento mediático para reforzar moralismos o culpas individuales: “si no hay éxito, es tu culpa”, en lugar de reconocer fallos colectivos.


Síntesis interpretativa

El artículo nos señala una tensión central del mundo contemporáneo: el éxito de la modernidad biomédica (menos muertes por enfermedades infecciosas, mayor esperanza de vida) convive con nuevas crisis simbólicas que se manifiestan brutalmente como muerte entre jóvenes. Lo que muere no es el cuerpo, sino el sentido, la posibilidad, la esperanza vital de proyectos de vida en entornos hostiles.

Las muertes por “desesperación” están cargadas de simbolismo filosófico: una erosión del horizonte futuro. En la modernidad, la promesa implícita era que las nuevas generaciones vivirían mejor. Si esa promesa se quiebra, el suicidio, la droga o la violencia aparecen como respuestas extremas al vacío de sentido.

Desde las perspectivas filosóficas examinadas, emergen exigencias: reivindicar la creatividad vital frente al agotamiento social; reconocer las tecnologías del poder acarreadas por el capitalismo del rendimiento; asumir responsabilidad colectiva sobre las condiciones objetivas que degradan la vida; y diseñar políticas que entiendan la salud no como ausencia de enfermedad sino como capacidad de vivir con dignidad en un entorno complejo.

Este fenómeno nos interroga: ¿qué tipo de civilización hemos construido en la que el progreso técnico convive con lógicas de aniquilación juvenil? ¿Qué sentido damos al bienestar colectivo si partes de la población no tienen acceso a vivir bien generacionalmente? La respuesta no está en tratamientos aislados, sino en reconfigurar estructuras sociales para que las nuevas generaciones puedan narrar futuros creíbles y habitar vidas con significado.