Contexto del artículo
El artículo ofrece un diagnóstico exhaustivo y alarmante de la expansión del crimen organizado en América Latina. Señala que ya no se trata solo de narcotráfico tradicional, sino de una “diversificación” criminal: extorsión, minería ilegal, tala ilegal, trata de personas, contrabando de armas, delitos ambientales, robo de combustible, entre otros.
Se describe una fragmentación de las bandas tradicionales en grupos más pequeños, fluidos y violentos, que operan con una lógica de “gobernanza criminal”: control territorial, extorsión, violencia instrumental y estructural, lo que coloca al Estado en una posición de debilidad o colapso.
El artículo subraya que muchas de esas actividades criminales ahora se adaptan a los recursos naturales, los ecosistemas, las economías locales y los vacíos institucionales, por lo que el delito se infiltra en lo social, lo ecológico, lo político y lo económico.
Análisis filosófico
Creatividad (Henri Bergson / Alfred North Whitehead)
Desde la perspectiva de la creatividad entendida por Bergson o Whitehead —como capacidad de lo nuevo, lo imprevisible, lo emergente— la evolución del crimen organizado en Latinoamérica representa una “creación” perversa: no solo se replica el viejo esquema del narcotráfico, sino que se reconfigura en formas híbridas (criminalidad ambiental, extorsión urbana, minería ilegal, etc.).
Este “magma criminal” no es una estructura rígida, sino un sistema adaptable que responde a incentivos diversos —mercados de drogas, demanda de recursos naturales, debilidad estatal— generando modalidades delictivas inéditas. En ese sentido, el crimen aparece como un sistema creativo, en el sentido filosófico: innovador, fluido, heterogéneo — aunque destructivo.
Esto sugiere que la criminalidad contemporánea no debe entenderse como unas “mafias tradicionales” repetitivas, sino como un ente dinámico, emergente, capaz de mutar y reinventarse según coyunturas.
Disrupción y poder (Gilles Deleuze / Michel Foucault)
Desde Deleuze y Foucault, este fenómeno revela cómo el poder del Estado —aunque formalmente soberano— puede ser desbordado por redes no estatales que ejercen una “gobernanza criminal”. La criminalidad no es ya marginal, sino estructural: opera a través de múltiples nodos (minas, bosques, rutas de migrantes, zonas urbanas, corrupción estatal) y ejerce poder real sobre territorios, economías y poblaciones.
La fragmentación de las bandas —pequeños grupos móviles, flexibles— recuerda la “distribución rizomática” del poder: no un centro jerárquico, sino múltiples centros de poder diseminados. Esa dispersión dificulta la captura, la represión, la gobernabilidad estatal tradicional.
Además, el uso de violencia indiscriminada y amenazas como forma de control social revela una modalidad de “biopoder invertido”: no es el Estado quien regula la vida, sino los grupos criminales que deciden quién vive, quién paga, quién muere.
Ética y responsabilidad (Hans Jonas)
La expansión de este “magma criminal” plantea enormes cuestiones éticas: destrucción ambiental, explotación de recursos sin control, violencia sistemática, vulneración de derechos humanos, corrupción institucional. Desde la ética de la responsabilidad, como la de Jonas, hay una obligación moral de considerar las consecuencias de nuestras acciones —incluidos actores estatales, empresas, sociedades de consumo que demandan drogas, madera, minerales, etc.— sobre las generaciones presentes y futuras.
Los crímenes ambientales —tala, minería ilegal, saqueo de bosques— no solo afectan a víctimas inmediatas, sino a ecosistemas, comunidades indígenas, biodiversidad, clima; comprometen el futuro colectivo. Esa responsabilidad ética exige repensar estructuras socioeconómicas: no basta con reprimir, sino transformar las causas: pobreza, desigualdad, demanda global, impunidad.
Sistemas complejos (Niklas Luhmann / Edgar Morin)
El artículo describe un fenómeno que solo puede comprenderse desde un paradigma de complejidad: múltiples sistemas sociales (economía, ecología, migración, narcotráfico, corrupción, mercado global, Estado, violencia) intersectan. No es un problema aislado sino un sistema caótico, no lineal, con retroalimentaciones: un factor (demanda de drogas, mercado de recursos, debilidad estatal) retroalimenta otros (violencia, impunidad, migración, corrupción).
Como diría Morin, la región latinoamericana se enfrenta a un “sistema complejo” en el que las fronteras entre legalidad/ilegalidad, economía formal/informal, Estado/crimen, se difuminan. Eso exige políticas integrales, transdisciplinares y de largo plazo.
El enfoque de Luhmann —sociedades como sistemas autopoiéticos— sugiere que el crimen ya no es un “subsistema marginal”, sino parte del tejido social: produce sus propias normas, lógicas, códigos, economías, autonomías, erosionando la distinción sistema social / subsistema criminal.
Tecnología, transparencia y autoexplotación (Byung-Chul Han)
Aunque el artículo no enfatiza la dimensión digital, la proliferación de redes criminales dispersas, transnacionales, flexibles supone un uso intensivo de tecnologías, anonimato, criptomonedas, redes logísticas globales, corrupción —formas contemporáneas de explotación basada en opacidad, anonimato, economía informal.
Podríamos interpretar que, en la lógica del “autoexplotador” moderna, el crimen organizado opera convirtiendo la precariedad, la exclusión, la informalidad en oportunidades económicas —una suerte de “empresarialidad criminal” en la que individuos y comunidades asumen riesgos mortales por ingresos — una degradación ética y social profunda.
La invisibilidad de estas redes, su dispersión, su mezcla con lo legal, recuerda la crítica de Byung-Chul Han a la sobreexplotación del individuo y la atomización social: aquí, la atomización se vuelve violenta, anónima, destructiva.
Oportunidades y riesgos
Oportunidades / elementos constructivos
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El análisis sugiere la necesidad de replantear la seguridad no como represión violenta, sino como reestructuración social, económica y ecológica. Esto abre el camino a políticas integrales: desarrollo sostenible, control ambiental, justicia social, alternativas económicas, rehabilitación, inclusión.
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Comprender la criminalidad como sistema complejo permite diseñar respuestas holísticas —no solo policiales, sino sociales, económicas, ecológicas, educativas— apelando a la responsabilidad ética colectiva.
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La visibilización mediática del problema puede fomentar conciencia internacional, presión sobre actores transnacionales, demanda de cooperación global, políticas de reducción de demanda de drogas, regulación de cadenas de consumo (minerales, madera, drogas, bienes vinculados).
Riesgos / problemas / sesgos
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Si se responde con “mano dura”, represión masiva o políticas populistas, se corre el riesgo de violar derechos humanos, legitimar violencias estatales, perpetuar ciclos de injusticia y no resolver las causas profundas. El artículo menciona esa tentación.
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Un enfoque exclusivamente policial corre el peligro de ignorar las dimensiones estructurales: desigualdad, pobreza, demanda global, complicidad institucional, corrupción, mercado ilegal internacional.
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La criminalidad sistemática socava la legitimidad del Estado, erosiona la confianza ciudadana, genera normalización de la violencia, despersonalización del actor político: la política se vuelve irrelevante frente al poder del crimen. Esto hiere la conciencia cívica, comunitaria, democrática.
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Degradación ambiental y social dificilmente reversible, especialmente si las economías ilegales se entrelazan con economías formales y consumo global.
Conclusión: una lectura filosófica crítica
El reportaje revela una metamorfosis del crimen en América Latina: ya no es una desviación marginal, sino un actor estructural, creativo, adaptable, que opera como sistema complejo y transnacional. Desde la filosofía, podemos decir que se trata de una forma de “creación negativa”: emergencia de un orden criminal que articula violencia, devoración ecológica, corrupción, exclusión.
Responder a esto exige más que represión: requiere repensar estructuras económicas, ecológicas y sociales. Llama a una ética de la responsabilidad colectiva —no solo de gobernantes, sino de sociedades, mercados globales, consumidores— que reconozca las consecuencias de la demanda de recursos o de drogas.
En términos deleuzianos/foucaultianos, significa confrontar una dispersión de poder que ya no responde a un centro estatal, sino a múltiples “micro‑poderes” criminales; pero también recuperar el poder colectivo, institucional, comunitario, para restituir la vida —no solo mediante leyes, sino mediante justicia social, economía sostenible, dignidad, regeneración ecológica.
El reto es monumental: no es solo seguridad, es reinvención de lo social, lo político, lo ecológico. Y exige que pensemos en la criminalidad como un síntoma, no como origen: síntoma de desigualdades globales, de estructuras mundiales de consumo, de fracaso histórico de Estados, de invisibilización ecológica, de economías ilícitas que brotan en los intersticios del sistema mundial.