La violencia contra médicas se dispara: insultos, amenazas y agresiones físicas en consulta

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Introducción

El texto aborda un fenómeno alarmante: el incremento de agresiones —insultos, amenazas y violencia física— dirigidas hacia las profesionales médicas en la sanidad pública en España. Según el artículo, “cada día, dos profesionales sufren algún tipo de agresión en consulta, y las mujeres son las más afectadas”. Además, se señala que el agresor suele tener un perfil concreto: hombre mayor de 40 años que descarga su frustración. El texto advierte que no es un “daño colateral” inevitable, sino un problema estructural que no debe normalizarse.


Análisis filosófico

Voy a analizar el tema desde distintas perspectivas filosóficas, tal como se ha establecido:

Creatividad (Henri Bergson, Alfred North Whitehead)

Desde esta óptica se puede considerar la dimensión creativa del trabajo médico, y cómo la violencia corta ese proceso:

  • El acto de cuidar supone una interacción creativa entre médico/a y paciente: la generación de una nueva posibilidad de salud, la creación de confianza, de vínculo humano.

  • Según Bergson, la vida es creación continua y la conciencia se despliega por sorpresa y novedad; la agresión interpersonal en el entorno médico ataca esa capacidad de apertura.

  • Desde Whitehead, que ve la realidad como proceso de devenimiento, el lugar de la consulta es un “evento creativo” donde se configuran nuevos estados de salud/enfermedad. Si la violencia lo invade, ese devenir se degrada.
    Así pues, el artículo muestra un escenario donde la creatividad —en este sentido humano y profesional— se ve amenazada por un entorno violento, lo que reduce la capacidad de innovación terapéutica, y mina la humanidad del acto médico.

Disrupción o poder (Gilles Deleuze, Michel Foucault)

Aquí podemos ver cómo se manifiestan relaciones de poder y cómo se produce una especie de disrupción en el espacio sanitario:

  • Desde Foucault, el ámbito médico es un espacio de poder/mandato, de “cuidado” pero también de vigilancia, autoridad, y sometimiento. Cuando un paciente agrede al profesional, se invierte la asimetría esperada: el titular del poder (médica) queda vulnerado.

  • Deleuze nos aporta la idea de “máquinas deseantes” o flujos de fuerzas. En esta situación, hay un flujo de frustración social que se descarga violentamente contra quienes representan la institución. Esa violencia se convierte en un “ataque al sistema” aunque individualizado.

  • La disrupción ocurre porque se rompe la norma esperada (médico escucha paciente), y se introduce el caos de la agresión; se altera el “micropoder” en la consulta, y también la normalidad del vínculo profesional.
    Por tanto, el artículo describe no solo agresiones aisladas sino una crisis del orden institucional, una fractura en el modo de ejercer la medicina como servicio público, y una redistribución del poder (temporaria) hacia el agresor.

Ética y responsabilidad (Hans Jonas)

Desde la perspectiva ética, la cuestión central es la responsabilidad hacia la persona que cuida y hacia la institución sanitaria:

  • Según Jonas, la ética del futuro implica asumir una responsabilidad encarnada, ante la vulnerabilidad humana y las tecnologías; aquí, aunque no estrictamente tecnológica, el cuidado médico es particularmente vulnerable.

  • Las médicas están en una posición de responsabilidad hacia el otro; sin embargo, cuando la violencia aparece, se cuestiona hasta qué punto la institución responde con responsabilidad hacia ellas.

  • Es clave el reconocimiento de que no sólo se agrede una persona, sino se vulnera un bien comunitario (la salud pública), y por tanto se trata también de una cuestión de justicia social.

  • La ética exige denunciar, intervenir, proteger —no normalizar—, pues permitir que “cada día dos profesionales” sufran agresión es aceptar una falta grave de responsabilidad del sistema.
    Así, el artículo nos confronta con la pregunta: ¿cómo responder éticamente a la violencia institucionalizada contra quienes cuidan? ¿Qué responsabilidad tienen los gestores públicos, la sociedad, los pacientes, de garantizar seguridad?

Sistemas complejos (Niklas Luhmann, Edgar Morin)

La sanidad pública es un sistema complejo, con múltiples actores, flujos de información, tensiones, expectativas y daños colaterales. Desde este enfoque:

  • Luhmann diría que el sistema sanitario opera mediante información y comunicación, pero también frontera con el resto de la sociedad. La violencia representa una “perturbación” que hay que procesar.

  • Morin destacaría la interdependencia de factores: sobrecarga asistencial, agotamiento profesional, expectativas de pacientes, cultura de impunidad, falta de protocolos. El artículo señala que “la sanidad pública, sobrecargada y tensionada, se convierte en el escenario de una violencia que no puede normalizarse”.

  • Así, la agresión no es solo fruto de la interacción paciente-médica, sino síntoma de fallos sistémicos: en recursos, en seguridad, en cultura de denuncia, en gestión de la frustración ciudadana.

  • La complejidad exige soluciones sistémicas, no solo punitivas: formación, protocolos, cultura institucional, recursos humanos, cambio de rol social del cuidado.
    Desde esta óptica, el artículo evidencia que la violencia es un fenómeno emergente del sistema sanitario —y social— que requiere un abordaje integral.

Tecnología, transparencia, autoexplotación (Byung‑Chul Han)

Aunque el artículo no se centra en tecnología, sí hay elementos de autoexplotación profesional y falta de transparencia institucional que pueden integrarse:

  • Byung‑Chul Han analiza la “sociedad del cansancio”, en la que la presión por rendimiento, la autoexplotación y la vulnerabilidad se normalizan. Las médicas, trabajando en urgencias o atención primaria, bajo presión, sufren esa dinámica.

  • La violencia puede estar alimentada por la frustración del paciente pero también por el estrés, la sobrecarga, la sensación de indefensión del profesional: un sistema que exige “estar siempre” y dar sin límite.

  • La transparencia institucional sobre agresiones es clave: el artículo indica la necesidad de denunciar para “dimensionar el problema”, lo que apunta a la necesidad de visibilidad, de datos. Si no se hace transparente, la agresión queda oculta, se estigmatiza y la autoexplotación continua sin freno.
    Por tanto, este enfoque invita a ver que la violencia no solo es un hecho externo, sino también interno al sistema profesional: la médica como trabajadora exhausta, vulnerable y poco protegida.


Identificación de oportunidades y riesgos

Oportunidades

  • El reconocimiento público del problema abre la vía para políticas de protección, protocolos de denuncia y cultura de seguridad en el ámbito sanitario.

  • Esta situación puede abrir un debate más amplio sobre el cuidado, su valor social y las condiciones de trabajo; permitiría visibilizar el papel de género (las mujeres son las más afectadas) y promover medidas de igualdad.

  • Desde un enfoque filosófico, la crisis puede devenir en momento de innovación institucional: repensar cómo se organiza la sanidad, cómo se gestiona la interacción paciente‑médica, cómo se protege al trabajador/as cuidadores/as.

Riesgos

  • Normalizar la agresión como “parte del trabajo” o “algo inevitable” incrementa la vulnerabilidad, legitima la violencia y mina la moral profesional.

  • Existe el riesgo de culpabilizar a las médicas (por ejemplo “provocan”), o de estigmatizar a los pacientes agresores sin ver la raíz sistémica (frustración, sobrecarga, carencias).

  • Si la denuncia no va acompañada de cambios estructurales (recursos, protección, cultura institucional) la solución será superficial y temporaria.

  • Desde una perspectiva ética, la falta de acción institucional puede implicar una traición al deber de cuidado colectivo: la sociedad que deja desprotegidos a quienes la cuidan.


Conclusión

El artículo de Cadena SER pone en evidencia un serio problema que afecta tanto al ámbito individual —las médicas que sufren insultos, amenazas y agresiones— como al sistema sanitario y a la sociedad en su conjunto. Desde las perspectivas filosóficas exploradas, podemos afirmar que:

  • La creatividad del acto médico queda amenazada cuando la violencia invade el contexto profesional.

  • Se produce una disrupción de los órdenes de poder esperados, que pone en crisis la relación médico‑paciente y más ampliamente la institución sanitaria.

  • Éticamente, emerge una fuerte responsabilidad social e institucional para proteger a quienes cuidan, y no permitir que esa vulnerabilidad se convierta en rutina.

  • Como sistema complejo, la sanidad no puede tratar la agresión como caso aislado: requiere un análisis de los flujos, tensiones y condiciones que la generan.

  • Y finalmente, el marco de autoexplotación y falta de transparencia explica en parte por qué la violencia crece: se normalizan saturaciones de trabajo, se encubren datos y se deja al profesional vulnerable.

En síntesis, la violencia hacia las médicas no es solo un síntoma de agresividad individual, sino un indicador de fallos estructurales, relacionales y éticos en nuestra sociedad del cuidado. Abordarlo exige tanto medidas inmediatas de protección como una reflexión profunda sobre las condiciones del cuidado, la responsabilidad social y el valor que damos a quienes nos cuidan.