Introducción / Contexto
El artículo discute un estudio conjunto de las universidades de Zúrich y Loughborough en el que se argumenta que el estrés crónico generalizado en la sociedad moderna —junto a otros factores urbanos: contaminación, sedentarismo, pérdida de biodiversidad microbiana, etc.— está causando un desajuste entre nuestra biología heredada y las exigencias del entorno actual. Según los autores, esto estaría frenando aspectos clave de la “aptitud evolutiva”: reproducción, sistema inmune, capacidades cognitivas, salud física.
El artículo rescata además datos recientes acerca del aumento del estrés poblacional: según cifras recientes citadas, 9 de cada 10 personas habrían sentido estrés en el último año, con un 40 % sufriéndolo de forma continua —en España, esa proporción sería del 60 %.
Este diagnóstico —que califica al estrés como “epidemia del siglo XXI” (etiqueta atribuida por Organización Mundial de la Salud, OMS)— presenta implicaciones profundas para cómo entendemos la evolución humana, no sólo biológica, sino también en su dimensión social, de salud y supervivencia a largo plazo.
Análisis filosófico desde diversas perspectivas
Creatividad / plasticidad — (inspirado en Henri Bergson, Alfred North Whitehead)
Desde la visión bergsoniana o whiteheadiana de la creatividad y el devenir, los seres humanos no estamos predeterminados a un desarrollo fijo; nuestra plasticidad permite adaptarnos, innovar, transformar tanto nuestro entorno como nosotros mismos. El artículo sugiere que esta plasticidad biológica y adaptativa tiene límites reales: la transformación del entorno (industrialización, urbanización, ritmo de vida acelerado) ha superado la capacidad de adaptación orgánica.
Este choque entre plasticidad y cambio acelerado podría considerarse una “pérdida creativa” —no en forma artística, sino biológica: la posibilidad de que la especie evolucione eficazmente hacia nuevas condiciones se ve coartada. Dicho de otra forma: nuestra “libertad creativa biológica” está encorsetada por el exceso de estímulos, contaminación, estrés crónico, que anulan las ventajas de esa plasticidad.
Disrupción, poder y biopolítica — (perspectiva de Michel Foucault y Gilles Deleuze)
La aceleración industrial, la urbanización masiva, la contaminación, la sobrecarga laboral y tecnológica configuran un entorno de poder estructural: un “sistema” que impone modos de vida que el cuerpo humano no está preparado biológicamente para sostener. Desde la óptica foucaultiana de la biopolítica, este entorno condiciona no solo nuestras prácticas sociales, sino nuestros cuerpos, salud y posibilidades de futuro evolutivo: somos gestionados como población, y esa gestión tiene consecuencias en nuestra biología.
Deleuze —con su crítica al capitalismo tardío, la sobrecarga de control, la alienación del individuo en sociedades complejas— aportaría la idea de que este estrés crónico es más que un síntoma individual: es un efecto del régimen social contemporáneo, de estructuras de poder, de exigencias productivas, de aceleración del ritmo de vida. Por tanto, lo que se denuncia como problema biológico es también un problema de poder: un poder que regula, normaliza, sobreexplota cuerpos y mentes, comprometiendo la salud y la evolución humana.
Ética y responsabilidad — (visiones de Hans Jonas)
Desde la ética de la responsabilidad —como la de Jonas— hay aquí una llamada de alarma moral: si nuestra forma de vida actual pone en peligro no solo el bienestar inmediato, sino la “aptitud evolutiva” a largo plazo de la especie, entonces nuestras decisiones colectivas (urbanismo, ritmo de vida, organización social, producción, trabajo) adquieren una dimensión radicalmente ética. No se trata sólo de salud individual, sino de responsabilidad hacia futuras generaciones.
El concepto jonasiano de “imperativo de responsabilidad” sugiere que, frente a riesgos de tal magnitud (daño a la salud, degradación de capacidades biológicas, deterioro evolutivo), es deber de la humanidad adoptar modos de vida más sostenibles, respetuosos con nuestra constitución biológica y con el entorno natural.
Sistemas complejos — (reflexión desde Niklas Luhmann / Edgar Morin)
El problema descrito tiene la forma de un sistema complejo: múltiples variables interrelacionadas —urbanización, contaminación, estrés, sedentarismo, vida social, salud, entorno microbiano, reproducción— que interactúan de modo no lineal. Desde la perspectiva de Morin o Luhmann, no basta con atacar un factor aislado (por ejemplo, estrés), sino comprender el conjunto como un sistema adaptativo donde cambios en una variable afectan muchas otras.
El “desajuste ambiental” que señala el estudio sería un síntoma de un sistema que se ha transformado demasiado rápido, sin dar tiempo a la “autopoiesis saludable” del organismo humano. La fragmentación —física, biológica, psicológica, social— genera efectos acumulativos que podrían comprometer la resiliencia del sistema humano como un todo.
Este tipo de análisis subraya la necesidad de políticas integradas, intervenciones sistémicas: no basta con “menos estrés”, sino repensar cómo organizamos nuestras ciudades, nuestra relación con la naturaleza, la producción, la tecnología.
Tecnología, transparencia y autoexplotación — (visión de Byung-Chul Han)
La modernidad digital, la conectividad constante, las exigencias laborales y sociales modernas, la presencia permanente de dispositivos, el ruido urbano: todos elementos que el artículo menciona como generadores de estrés crónico. Desde la perspectiva de Byung‑Chul Han, esta hiperconectividad, esta “sociedad del cansancio”, produce autoexplotación: nos convertimos en nuestros propios explotadores, siempre disponibles, siempre sometidos a estímulos, demandas, comparaciones.
Ese estado permanente de tensión —sin el respiro que daba la naturaleza, el entorno ancestral, los ritmos biológicos más lentos— erosiona no solo nuestro bienestar mental o físico, sino nuestra “capacidad evolutiva”. En términos hanianos, la tecnología deja de ser herramienta liberadora para saturarnos, para fragmentar nuestros cuerpos y mentes.
Oportunidades y riesgos
Oportunidades / aspectos constructivos:
-
El texto —y el estudio citado— puede servir como llamado de atención social: cuestionar modos de vida, ritmo productivo, urbanismo, relación con la naturaleza. Una oportunidad para reconstruir entornos más humanos, sostenibles, saludables.
-
Incentiva la reconexión con naturaleza, entornos menos alienantes y más adaptados al cuerpo humano: implicando políticas de salud pública, urbanismo, medio ambiente, reducción de contaminación, promoción de espacios verdes, hábitos de vida más pausados.
-
Desde una ética de responsabilidad hacia el futuro: la preocupación no es individual, sino colectiva y generacional —puede promover conciencia ecológica, social, antropológica.
Riesgos / problemas / sesgos:
-
La visión puede inducir un determinismo pesimista: si el “ritmo evolutivo” ya está frenado, se podría caer en nihilismo o resignación, subestimando la plasticidad cultural y adaptativa humana.
-
Riesgo de una lectura reductiva: atribuir al estrés contemporáneo gran parte del “freno evolutivo” podría ignorar otros factores estructurales (económicos, políticos, desigualdades, modos de vida) o incluso avances adaptativos.
-
Potencial de estigmatización: considerar las poblaciones urbanas o contemporáneas como “menos aptas biológicamente” puede derivar en discursos de “declive” o “degeneración” —con connotaciones peligrosas si se llevan a teorías ideológicas.
-
Exceso de determinismo biológico: podría fomentar una visión en la que la biología “condiciona” demasiado la libertad humana, subestimando la dimensión cultural, simbólica, social.
Conclusión
El artículo plantea una crítica fuerte —y filosóficamente relevante— a las formas de vida modernas: propone que el estrés crónico, la urbanización, la industrialización, la tecnología, la desconexión con la naturaleza y un ritmo de vida acelerado están generando un desajuste entre la constitución biológica de los seres humanos y el entorno contemporáneo. Desde múltiples marcos filosóficos —ética, biopolítica, sistemas complejos, tecnología, creatividad— ese desajuste representa un problema sistémico: de salud, de supervivencia, de sostenibilidad, de responsabilidad hacia futuras generaciones.
Sin embargo, el diagnóstico no debe llevar al fatalismo: la plasticidad humana, la capacidad reflexiva, la conciencia ética pueden abrir espacios de resistencia, de reconstrucción. La tarea sería repensar nuestras sociedades: no sólo en términos económicos o de progreso tecnológico, sino desde una concepción que integre salud biológica, bienestar psicológico, sostenibilidad ambiental y responsabilidad intergeneracional.
En definitiva: el texto sirve como advertencia crítica, pero también como urgencia ética y filosófica para replantear cómo vivimos.