Contexto y contenido del texto
El artículo —titulado “Los empresarios catalanes reclaman un pacto para favorecer la inmigración: ‘La necesitamos como el aire para respirar’”— informa de que la patronal catalana Foment del Treball, a través de su presidente Josep Sánchez Llibre, plantea la conveniencia de un pacto social que facilite la entrada de inmigrantes para cubrir necesidades del mercado laboral en las próximas décadas.
Según un informe del servicio de estudios de la patronal (SBEES) realizado por Opina360, se necesitarían aproximadamente 140.000 inmigrantes anuales en edad laboral durante la próxima década para evitar un déficit de mano de obra que, de lo contrario, podría alcanzar los 1,4 millones de trabajadores.
El argumento clave es que sin inmigración suficiente, muchas vacantes no podrían cubrirse (6,3 % del empleo nacional, hasta 12 % en ciertas regiones), lo que afectaría la productividad, competitividad empresarial, la generación de riqueza, el mercado laboral, la sostenibilidad de pensiones y la demografía general del país.
El llamamiento no solo implica al empresariado, sino que busca un pacto amplio: entre poderes públicos, sociedad civil, sindicatos, comunidades autónomas y Gobierno central.
También se menciona la resistencia social que existe: parte de la población relaciona inmigración con inseguridad, delincuencia o efectos negativos —una percepción que el informe reconoce como un obstáculo necesario de abordar por parte de los poderes públicos.
Análisis filosófico desde varias perspectivas
Voy a contextualizar este llamado al pacto migratorio con algunas tradiciones filosóficas contemporáneas o modernas, según los ejes que solemos usar.
Creatividad / devenir / apertura (inspirado en Henri Bergson / Alfred North Whitehead)
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En términos bergsonianos o whiteheadianos, la inmigración puede entenderse como un acto de creatividad social: la incorporación de nuevas vidas, experiencias, culturas y energías humanas que reconfiguran las formas sociales, económicas y demográficas. Este flujo migratorio aporta novedad, imprevisibilidad, riqueza vital —no solo laboral, sino vital, cultural, existencial—.
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Este carácter creativo permite una actualización constante de la sociedad: frente a una demografía envejecida, la inmigración actúa como catalizador de lo nuevo, del devenir, impidiendo una deriva de estancamiento, decadencia o clausura social.
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Por lo tanto, la inmigración no es solo una necesidad económica, sino un motor de renovación colectiva, un “aliento vital” que puede hacer de la sociedad algo más dinámico, plural y resiliente.
Disrupción, poder, estructuras sociales (inspirado en Michel Foucault / Gilles Deleuze)
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El reclamo de un pacto generalizado por parte del empresariado implica una reconfiguración del poder estructural: no se trata solo de ajustar flujos migratorios, sino de instituir nuevas reglas —legales, laborales, sociales— que faciliten y regulen esos flujos. Eso conlleva redefinir quién tiene derecho a moverse, trabajar, residir, integrarse: nuevos reguladores del poder.
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Desde una óptica foucaultiana, se observa una cuestión de biopolítica: gestionar poblaciones, mano de obra, demografía, para sostener la economía y la sostenibilidad del sistema social (pensiones, consumo, servicios). La inmigración pasa a ser un instrumento de gobierno de poblaciones.
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Pero también puede entenderse desde Deleuze: la inmigración como fuerza de diferenciación y desestabilización creativa de las estructuras sociales. Aporta multiplicidad, desafía las identidades cerradas, crea líneas de fuga de normatividad tradicional. Esa tensión puede generar tanto innovación social como conflictividad, resistencia, cuestionamiento de jerarquías estables.
Ética y responsabilidad hacia el futuro (inspirado en Hans Jonas)
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Desde la ética de la responsabilidad de Jonas, el llamamiento a la inmigración masiva tiene una dimensión intergeneracional: se busca asegurar la viabilidad del bienestar social (pensiones, servicios, empleo) para futuras generaciones. Es un acto de previsión ética, de anticipar el deterioro demográfico y tomar decisiones responsables ahora.
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Pero esa responsabilidad ética también implica garantizar derechos humanos, dignidad, integración, justicia social para los inmigrantes —no tratarlos solo como recurso económico, sino como sujetos plenos. Si no, el pacto migratorio puede derivar en instrumentalización de personas, lo que plantearía una grave objeción ética.
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Jonas recordaría que actuar responsablemente no es sólo pensar en beneficio propio (empresas, economía), sino en qué tipo de sociedad queremos legar: plural, justa, solidaria. Por ello, es imprescindible acompañar cualquier política migratoria con garantías de inclusión real, igualdad de oportunidades y protección social.
Sociedad como sistema complejo (inspirado en Niklas Luhmann / Edgar Morin)
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La sociedad nacional no es un sistema homogéneo o estático: es un sistema complejo, interdependiente, con múltiples subsistemas (economía, demografía, cultura, trabajo, servicios). La inmigración introduce variables de retroalimentación: cambios en población activa, estructura demográfica, consumo, servicios, vivienda, redistribución de recursos.
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Desde Morin, la inmigración representa una ruptura de linealidades previsibles: la población envejecida + baja natalidad + jubilaciones masivas sostenían un camino de declive; la inmigración altera ese trayecto, abriendo una dinámica emergente, impredecible, con posibilidades de regeneración. Pero también con incertidumbres: integración social, tensiones culturales, desigualdades, migraciones internas, presión sobre vivienda, servicios, etc.
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Por tanto, un pacto migratorio exige una visión de sistema global: no basta con rellenar vacantes laborales, se necesita planificar vivienda, sanidad, educación, integración, cohesión social, seguridad, políticas de cohesión territorial —especialmente ante despoblación interior.
Tecnología, transparencia, autoexplotación y neoliberalismo (inspirado en Byung-Chul Han)
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Aunque el artículo no habla explícitamente de tecnología, puede leerse el reclamo empresarial en clave neoliberal: la inmigración necesaria para sostener la competitividad, la producción, el crecimiento, la rentabilidad. Eso sugiere una lógica de autoexplotación colectiva: más inmigrantes, más trabajo, más productividad, sin cuestionar las condiciones laborales, el bienestar o la calidad de vida.
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Byung-Chul Han advierte sobre sociedades que exigen rendimiento, autoptimización, flexibilidad absoluta: un pacto migratorio impulsado por la patronal podría favorecer una sociedad donde la vida entera se subordina al imperativo productivo. La inmigración —tan necesaria «como el aire»— se vuelve aire para la máquina económica, más que para la vida social.
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Esto plantea riesgos: ¿se contempla a los inmigrantes como personas con derechos, necesidad de integración y dignidad, o como meras piezas del engranaje económico? Si prevalece la segunda opción, la ética de la existencia queda comprometida.
Oportunidades y riesgos
Oportunidades / aspectos positivos
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Promover la inmigración puede traer renovación demográfica, detener la pérdida de población activa, asegurar pensiones y sostenibilidad social, así como revitalizar zonas afectadas por despoblación interior.
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Puede fomentar una sociedad más plural, diversa, dinámica, rica en culturas, experiencias, potencial creativo. Como motor de creatividad social, puede transformar identidades rígidas, enriquecer el tejido social, y abrir canales de corresponsabilidad intergeneracional.
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Si se acompaña de políticas de integración, formación, reconocimiento de derechos: puede consolidar una ética del cuidado, solidaridad interétnica, cooperación social y una democracia más inclusiva.
Riesgos y tensiones
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El riesgo de tratar a personas inmigrantes como recursos utilitaristas, reduciéndolas a fuerza de trabajo, sin asegurar su integración real, sus derechos, su dignidad: lo que cuestiona una ética del respeto.
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Posible aumento de desigualdades sociales, xenofobia, tensiones culturales —especialmente si no se aborda la percepción social negativa que el informe señala (parte de la población asocia emigración con inseguridad).
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Sobrecarga —si no se gestiona bien— sobre vivienda, servicios sociales, sanidad, educación: dificultades estructurales que podrían generar exclusión, marginalidad, precariedad.
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Mercantilización de la vida social: una sociedad cuya cohesión depende cada vez más de flujos migratorios para sostener su economía, sin reflexionar sobre qué tipo de sociedad se quiere construir a largo plazo.
Interpretación general: dilema ético‑social de nuestra época
El reclamo de un pacto por la inmigración que lanza la patronal catalana pone de manifiesto un dilema estructural de las sociedades europeas contemporáneas: entre el declive demográfico + envejecimiento + crisis de natalidad, y la necesidad de sostenibilidad económica y social. La inmigración aparece como la palanca indispensable para sostener el modelo.
Desde una óptica filosófica, ese dilema es emblemático de la tensión entre la necesidad pragmática (mano de obra, economía, bienestar) y la ética de la convivencia (respeto, dignidad, integración, comunidad). Admitir inmigración está bien si reconoce a los migrantes como sujetos con derechos, no solo como recursos.
Además, la inmigración puede actuar como una fuerza de renovación social, no solamente económica: abre la posibilidad de transformar, con creatividad, una sociedad envejecida, monolítica o estancada, hacia otra plural, dinámica, interdependiente —precisamente lo que muchas visiones filosóficas de «comunidad» o «sociedad viva» defienden.
Pero ese potencial se realiza solo si somos conscientes de los riesgos: instrumentalización, desigualdades, fragmentación social, precarización. Lo que hace falta no es solo un pacto entre empresarios y gobiernos, sino un contrato social más amplio, con compromisos éticos, políticas de inclusión, apoyo real a los derechos humanos y una visión de la inmigración como un proyecto colectivo de vida.
Ese es el verdadero reto filosófico: concebir la inmigración no como solución provisional de crisis demográficas, sino como oportunidad de repensar la identidad colectiva, la convivencia, la comunidad, la solidaridad —y hacerlo de una manera que reconozca la dignidad de todos.