Una mujer es asesinada cada cinco días en España este 2026: el Gobierno habla ya de "terrorismo machista"

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Introducción breve: resumen del texto

El artículo publicado en 20 Minutos aborda un dato alarmante: en 2016, en España, una mujer era asesinada cada cinco días a causa de la violencia machista. El texto contextualiza las cifras oficiales, menciona la posición del Gobierno —que comienza a hablar de “terrorismo machista”— y recoge el debate político y social en torno a la denominación del fenómeno y la necesidad de medidas estructurales. Los actores implicados son el Gobierno español, los partidos políticos, los colectivos feministas, las víctimas y la sociedad civil en general.

El núcleo temático es la violencia de género como problema estructural, su reconocimiento institucional y la disputa discursiva en torno a su categorización.


Análisis filosófico

1. Creatividad y emergencia (Henri Bergson y Alfred North Whitehead)

Desde la perspectiva de Henri Bergson, la realidad social no es estática, sino un proceso de “duración” en el que las experiencias colectivas se sedimentan. El fenómeno de la violencia machista no puede entenderse como una suma de casos aislados, sino como una continuidad histórica que expresa una forma estructural de organización social. El uso del término “terrorismo machista” podría interpretarse como un intento creativo de reformular la comprensión pública del problema, generando una nueva intuición colectiva que permita percibir la magnitud sistémica del daño.

En clave de Alfred North Whitehead, la sociedad es proceso. El cambio discursivo que propone el Gobierno refleja un movimiento en el que lo nuevo (una categoría política fuerte como “terrorismo”) intenta armonizarse con lo existente (el marco jurídico de violencia de género). La creatividad aquí no es artística, sino político-conceptual: redefinir el fenómeno para producir transformaciones institucionales.

Sin embargo, la armonía entre discurso y acción es frágil. Si el cambio terminológico no va acompañado de políticas estructurales, la creatividad se convierte en gesto simbólico sin proceso transformador real.


2. Disrupción y poder (Gilles Deleuze y Michel Foucault)

Desde Gilles Deleuze, la violencia machista puede entenderse como una estructura rígida que organiza relaciones de poder en la sociedad. Llamarla “terrorismo” constituye una “línea de fuga”: un intento de romper con la normalización cultural del fenómeno. Introduce una diferencia en el discurso dominante, desplazando la violencia del ámbito privado al político.

Para Michel Foucault, el aspecto central es el vínculo entre poder y discurso. El término “terrorismo” no solo describe, sino que reconfigura el régimen de verdad. Nombrar implica producir realidad. El debate político sobre la denominación revela una lucha por el control del sentido: ¿es violencia doméstica, violencia de género o terrorismo? Cada categoría activa distintos dispositivos jurídicos, mediáticos y simbólicos.

El artículo, como producto del sistema mediático, participa en esta construcción discursiva. No es un mero transmisor de hechos, sino un agente en la configuración de la percepción social del problema.


3. Ética y responsabilidad (Hans Jonas y Hannah Arendt)

Desde el principio de responsabilidad de Hans Jonas, la violencia machista exige una ética orientada al futuro. Las decisiones políticas no deben limitarse a la reacción inmediata, sino considerar el impacto estructural en generaciones futuras. La persistencia del fenómeno señala una insuficiencia en la prevención y en la transformación cultural.

En la línea de Hannah Arendt, el problema no es solo institucional, sino también de responsabilidad individual y colectiva. La banalización o normalización de la violencia puede convertirse en una forma de complicidad pasiva. El reconocimiento político del fenómeno como “terrorismo” podría representar un intento de romper esa banalización.

La ética aquí no es abstracta: implica responsabilidad estatal, judicial, educativa y mediática.


4. Sistemas y complejidad (Niklas Luhmann y Edgar Morin)

Desde Niklas Luhmann, el fenómeno debe analizarse como interacción entre sistemas: político, jurídico, mediático y social. Cada sistema opera con su propia lógica. El sistema mediático transforma la violencia en noticia; el sistema político la convierte en agenda; el sistema jurídico en categoría penal. La coordinación entre estos sistemas no es automática.

Edgar Morin aporta la necesidad de un pensamiento complejo. Reducir la violencia machista a cifras o a episodios individuales fragmenta el fenómeno. Se requiere integrar factores culturales, económicos, educativos y simbólicos. El artículo señala datos cuantitativos, pero el desafío es articularlos en una comprensión sistémica que supere la fragmentación informativa.


5. Tecnología, transparencia y sociedad contemporánea (Byung-Chul Han)

Desde la crítica de Byung-Chul Han, la sociedad contemporánea oscila entre la sobreexposición mediática y la superficialidad. La reiteración de cifras puede generar saturación emocional sin transformación estructural. La transparencia informativa no garantiza profundidad ética.

Existe el riesgo de que la violencia se convierta en dato estadístico repetido, produciendo insensibilidad colectiva. La información constante no siempre se traduce en conciencia crítica.


6. Hegemonía y representación (Antonio Gramsci y Judith Butler)

Desde Antonio Gramsci, la lucha por denominar la violencia como “terrorismo machista” es una disputa por la hegemonía cultural. Cambiar el lenguaje es intervenir en el sentido común dominante. Si la categoría se consolida, puede alterar la percepción social del problema.

En diálogo con perspectivas de género contemporáneas, el artículo también evidencia cómo las estructuras patriarcales configuran relaciones de poder históricas. La violencia no es anomalía, sino expresión extrema de una estructura desigual.


Identificación de oportunidades y riesgos

Oportunidades:

  • Reconfiguración del discurso público para visibilizar la gravedad estructural del fenómeno.

  • Posibilidad de impulsar políticas más contundentes si el fenómeno se equipara simbólicamente al terrorismo.

  • Conciencia social ampliada mediante datos y debate público.

Riesgos:

  • Reducción del problema a un gesto semántico sin cambios estructurales.

  • Saturación mediática que banalice el sufrimiento.

  • Polarización política que instrumentalice el tema.


Conclusión

El artículo no solo informa sobre cifras de asesinatos, sino que refleja una disputa ontológica y política sobre cómo comprender la violencia machista. Desde Bergson y Whitehead, observamos un proceso creativo de redefinición conceptual; desde Foucault y Deleuze, una lucha por el poder del discurso; desde Jonas y Arendt, una exigencia ética de responsabilidad; desde Luhmann y Morin, la necesidad de comprender el fenómeno como sistema complejo; y desde Byung-Chul Han y Gramsci, el riesgo de superficialidad o hegemonía discursiva sin transformación real.

La violencia machista aparece así como un fenómeno estructural cuya comprensión requiere integrar ética, poder, lenguaje y complejidad social. El desafío no es solo nombrar adecuadamente, sino transformar las condiciones que permiten su persistencia.