Introducción: resumen del texto
El artículo describe un fenómeno llamado “baratoflación” (una traducción del inglés cheap‑flation) que consiste en que los productos más baratos dentro de una categoría de alimentos han subido más de precio que los productos de gama alta. Por ejemplo, en España entre 2021 y 2024 los productos alimenticios “económicos” subieron un 37 % frente a un 23 % de los de gama alta.
Se expone que esta situación afecta sobre todo a los hogares con menor poder adquisitivo, que son los que consumen estos productos más económicos, por lo que quedan más expuestos a la inflación. Asimismo se relaciona dicho fenómeno con la crisis de las hipotecas basura (sub‑primes) de 2008, los flujos financieros hacia materias primas, tensiones geopolíticas, etc.
Finalmente, se plantea que mientras los más pudientes pueden soportar mejor los aumentos o bien recurrir a productos de gama superior, los más vulnerables están “castigados” por esta subida diferencial.
Análisis filosófico
Voy a aplicar los marcos filosóficos solicitados.
Creatividad (Henri Bergson, Alfred North Whitehead)
Desde la perspectiva de Bergson y Whitehead, podríamos interrogar la novedad creativa de este fenómeno social‑económico: la baratoflación no es solo inflación sino un patrón cualitativamente diferente (los productos más baratos subiendo más). Esto exige una mirada creativa al cambio: no basta con medir la inflación global, hay que detectar innovaciones estructurales en el sistema de consumo que replantean las relaciones tradicionales entre calidad/precio/status social.
Whitehead habla del devenir como proceso en el que los cambios crean nuevas entidades sociales. Aquí, la “mercancía barata” se convierte en una nueva categoría vulnerable, una entidad que se deforma estructuralmente en el proceso económico. Así, la creatividad no es solo producir algo nuevo sino que lo que antes era estable (productos básicos baratos) ahora deviene inestable, y amenaza los modos de vida de ciertos colectivos.
En este sentido, la baratoflación es una manifestación de creatividad del sistema capitalista: crea nuevas formas de vulnerabilidad al cambiar las reglas de juego de lo que se entiende por “accesible”.
Disrupción o poder (Gilles Deleuze, Michel Foucault)
Desde Deleuze y Foucault podemos analizar cómo el fenómeno revela dinámicas de poder y de control económico‑social.
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Para Foucault, el poder no solo es represión sino producción de subjetividades. Aquí, los consumidores de menor renta se vuelven sujetos de una “subjetividad económica” donde no sólo pagan más, sino que están estructuralmente en posición de «ser perjudicados». El poder económico estructural (empresas, cadenas de distribución, políticas fiscales) produce ese efecto.
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Desde Deleuze, la “disrupción” puede verse como un corte en el flujo normalizado: la subida más intensa de los productos baratos rompe el paradigma de “los malos se llevan lo caro, los buenos lo barato”, y cambia la relación entre clases de consumo. Esa disrupción puede generar nuevos “agenciamientos” o nuevas resistencias (por ejemplo, políticas de alivio fiscal, asociaciones de consumidores).
El vínculo con “hipotecas basura” sugiere que los mecanismos de riesgo y deuda están entrelazados con los mecanismos de precios de consumo: es una red compleja de poder económico que afecta de modo diferencial.
Ética y responsabilidad (Hans Jonas)
Desde la ética del futuro de Hans Jonas, este fenómeno plantea una responsabilidad hacia las generaciones presentes y futuras: los más vulnerables hoy son los que soportan cargas que quizá comprometan su bienestar futuro. La subida dispar de productos básicos vulnera principios de justicia distributiva: los que tienen menos pagan más en proporción, lo que es éticamente problemático.
También la responsabilidad institucional se hace patente: el Estado, los reguladores, las empresas tienen obligación de prever estos efectos, evitar que la vulnerabilidad se agrave. Jonas nos invita a actuar con precaución ante tecnologías o sistemas que /pueden/ afectar negativamente al ser humano. En este caso, el sistema económico‑alimentario crea efectos que podrían marginar más aún a quienes ya están en desventaja.
La ética exige preguntarse: ¿trabajan las políticas públicas para que los más vulnerables no sean los más perjudicados? ¿Se asume la responsabilidad de regular precios, de intervenir fiscalmente? El artículo menciona reducción de IVA para ciertos productos como una medida.
Sistemas complejos (Niklas Luhmann, Edgar Morin)
Aquí el fenómeno se puede desplegar como parte de un sistema socio‑económico complejo: múltiples factores (geopolítica, financiación internacional, especulación, cambio climático, cadena de suministro) están interconectados y producen efectos no lineales como la baratoflación.
Luhmann diría que el sistema económico tiene su propia lógica comunicativa y de retroalimentación: los precios bajos que suben más generan una alteración de la “operación” habitual de mercado, repercutiendo en otros subsistemas (consumo, bienestar social, deuda).
Morin enfatizaría la necesidad de pensar en “totalidad” y “incertidumbre”: no basta analizar un solo factor (por ejemplo, inflación global) sino ver cómo se entrelazan crisis financieras pasadas (subprimes), tensiones alimentarias, consumo doméstico, vulnerabilidad social. La baratoflación es un síntoma de un sistema enredado, complejo y resistente al simple control.
En este marco, las políticas publicas deben reconocer que intervenir en un solo punto puede tener efectos imprevistos en otros. Por ejemplo, bajar el IVA en ciertos productos puede contrarrestar pero no eliminar la presión estructural.
Tecnología, transparencia, autoexplotación (Byung‑Chul Han)
Desde la perspectiva de Byung‑Chul Han, se podría observar cómo la “transparencia” aparente del mercado (todos vemos los precios subir) oculta dinámicas de explotación diferenciada: los que consumen barato están autoexplotándose (en el sentido de que, al elegir productos más baratos para ajustarse al presupuesto, aceptan mayor vulnerabilidad).
También la tecnología financiera y la globalización amplifican esta situación: la conexión rápida entre mercados financieros, materias primas, cadenas alimentarias globales, hace que los impactos lleguen a los consumidores domésticos con rapidez y menos margen de resiliencia.
Hay un aspecto de “autoexplotación” en el sentido de que los consumidores con menor renta adoptan estrategias (marcas blancas, productos de inferior calidad) que los exponen a una “economía del más barato” que no es sostenible ni justo. Esto se alinea con la crítica de Han al neoliberalismo de la auto‑explotación: no solo las empresas explotan, sino que los mismos sujetos se explotan intentando adaptarse al sistema.
Identificación de oportunidades y riesgos
Oportunidades:
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Mayor visibilidad del fenómeno de la baratoflación puede impulsar políticas públicas orientadas a proteger los productos básicos y las personas con menor renta.
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El análisis del problema puede generar conciencia social y movilización de organizaciones de consumidores para exigir transparencia en precios y mayor equidad.
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Desde la filosofía, este caso abre el debate sobre justicia alimentaria, vulnerabilidad estructural, y la necesidad de integrar perspectivas sistémicas.
Riesgos:
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Si no se aborda la problemática, la desigualdad puede aumentar, con los pobres pagando proporcionalmente más por lo que antes era un bien “asequible”.
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La tendencia puede normalizarse: se acepta que “lo barato” sea cada vez más caro, lo cual altera profundamente la estructura del consumo y la expectativa de vida básica.
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Sesgos: podría omitirse el rol de los consumidores en la elección (aunque sus opciones estén muy condicionadas), o subestimarse el poder de las grandes empresas y las cadenas de distribución en fijar precios.
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Éticamente, cabe el peligro de que la vulnerabilidad se invisibilice: se normalice que ciertos colectivos “paguen más” y se reduzca la presión para cambiar el sistema.
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Técnicamente, las soluciones fiscales (como bajar IVA) pueden tener efectos limitados si no se abordan los factores estructurales de especulación, suministro y regulación de mercado.
Conclusión
El fenómeno de la baratoflación revela cómo en un sistema económico complejo los más vulnerables pueden sufrir efectos diferenciados, aunque el problema parezca general (la inflación alimentaria). Desde diversas perspectivas filosóficas —creatividad, poder, ética, sistemas, tecnología— se observa que este fenómeno no es solo una anomalía de precios sino un síntoma de estructuras más profundas de desigualdad, vulnerabilidad y riesgo sistémico.
La oportunidad radica en la movilización teórica, política y práctica para contrarrestar estas dinámicas. El riesgo es que la situación se normalice y profundice. En suma: la baratoflación pone de relieve la necesidad de repensar las estructuras de consumo y las políticas públicas con una mirada filosófica que combine justicia, complejidad y responsabilidad.